jueves, 20 de junio de 2013

Una mamá sin agobios

Se habla mucho de que tener un niño es precioso. Sin duda alguna los bebés despiertan ternura. A todos nos gusta la placidez de un bebé cuando está dormidito, sus piernas regordetas, su olor, su ropita. Desde que nace se convierte en el centro de atención, a modo de "imán" que atrae a todo familiar, todos quieren "disfrutar" de él, lo cual consiste, entre otras cosas, en poder tenerlo en brazos, besarlo, achucharlo, hacerse fotos con el bebé, y ver cómo se le cambia el pañalito, y a ser posible hacerlo a diario, a riesgo de no quedar satisfecha esa urgente necesidad. Sin embargo, no es tan dulce el otro punto de vista: el de la mujer que, después del parto, o sufre depresión, o soporta niveles altos de estrés acompañados de baja autoestima, no siendo extraño que se irrite con facilidad. Ocurre cuando Julita dice la típica y odiada frase: “No es por nada, Pepita, pero tu hijo no se parece en nada, en nada, a ti, vamos, que tú no sé qué habrás puesto.” Y, ante la mirada de Pepita, que debe de ser bastante elocuente, Julita añade: “Pero no te enfades, mujer, sólo te estoy diciendo la verdad. De todos modos, los niños cambian mucho, nunca se sabe, pero por ahora…”. La madre, que no está ni física ni psicológicamente fuerte en ese momento, lamentará, transcurridos unos meses, no haber sido capaz de contestarle debidamente. La mirada habría sido distinta si Julita le hubiera dicho: “Es precioso tu niño. Felicidades”. 

A una madre le molestan también los consejos que no aportan nada nuevo y que son reiterados hasta la saciedad. Por ejemplo, si el bebé llora mucho (cosa normal en un recién nacido, dicho sea de paso): “¿No has probado a llevarlo a una habitación más fresquita? a lo mejor tiene calor”, “¿por qué no le cantas unas nanas?” “¿y si lo meces un rato?”…a no ser que se trate de un consejo realmente sabio, no subestimen la capacidad de una madre para cuidar de su hijo, y menos aún, sus aptitudes mentales. 
A una madre no le gusta que le llamen por teléfono para convencerla de que le dé un biberón a su bebé, que nació hace siete días porque todavía “no se agarra al pecho, es que es muy chiquitito el pobre y se duerme, lo tienes que despertar cuando se quede dormido al pecho, y si ves que en un par de días no se agarra y pierde peso, dale un bibi y ya verás qué bien”. Por favor, no agobien a la mamá, ella está teniendo paciencia y le está dando el tiempo que su bebé necesita para adaptarse a este mundo, fuera del vientre materno. Y lo mismo al contrario, si la madre ha optado por la lactancia artificial, por ejemplo, por haber nacido el bebé por cesárea, no martiricen más a la mujer que le está dando biberón a su hijo, seguro que ya lo está pasando bastante mal como para añadir frases del tipo: “Pobre, nació por cesárea, y la madre no le ha llegado a dar el pecho, se va a quedar sin las defensas de la leche materna…”.

Que el bebé vaya dormidito por la calle y cualquier persona le quite el chupete para verle “la boquita” es algo muy típico. Por supuesto, es muy probable que el bebé se despierte en ese momento y empiece a llorar. También es muy probable que el bebé se hubiera quedado dormido justo cinco minutos antes y que la madre lo hubiera sacado de paseo precisamente con la intención de que conciliara el sueño. Menos aún le agrada a la mamá que lo cojan en brazos sin consentimiento suyo y lo zarandeen un poco, que de tanto zarandeo al final el bebé medio se asusta y vomita la leche. Por favor, si el bebé está en su cunita o en su cochecito de paseo, no lo toquen que no es un muñequito. 

En definitiva, desde mi propia experiencia, y por lo que otras mamás me han contado, puedo afirmar que, en muchos casos, lo peor del postparto no son las noches sin dormir, el dolor de la episiotomía o de los puntos de la cesárea, el estreñimiento y sus hemorroides correspondientes, los loquios, etc… (lo cual ya es bastante estresante), sino la negativa influencia que, a veces, ejercen los que rodean a la mamá y al bebé, quienes sin desearlo, hacen mucho mal y desesperan a la madre. Las mamás de hoy día son mujeres adultas que tienen capacidad para criar a su hijo y saber qué es lo que más le conviene a su hijo, pero también son vulnerables durante el posparto. Por eso, y porque la madre suele ser la gran olvidada en esos bonitos pero también duros días (para ella y para el bebé que se está adaptando), apoyen a la madre, respeten sus decisiones, mímenla, ofrézcanle su ayuda y no se ofendan si prefieren no disponer de la misma, sean comprensivos si no está de buen humor, entiendan que aunque agradezca las visitas prefiera estar con el bebé a solas, y no interfieran en dicho vínculo que es único, que se está desarrollando en ese momento también único, un momento que nunca volverá. Esfuércense por hacer todo aquello que haga feliz a la madre y disminuya su nivel de estrés. Seguro que el bebé aprecia esa felicidad en su madre. Ambos lo agradecerán para siempre y nunca lo olvidarán.

domingo, 28 de abril de 2013

Cuestión de despistes




 
Esta mañana perdí mi cartera en la cafetería, y, de repente, me acordé de Rita. Nos conocimos en una fiesta que organizó un amigo común. Ella me dijo que era actriz y que hacía un mes que se había trasladado a Madrid. Su acento argentino delataba su origen. Recuerdo la conversación de aquel momento:
-Vos tenés un rostro que me indica que escondés una gran dosis de ternura. ¿Me equivoco?
-Es la primera vez que una mujer me dice algo así.
-Muchas mujeres se callan cosas importantes, quizá por miedo a resultar demasiado atrevidas.
-¿Es usted muy atrevida?
-Tanto como merezca la ocasión. Pero decidme, ¿cómo un hombre tan sensible puede dedicarse a la abogacía, algo tan frío?
-Será porque la abogacía es algo tan frío como lo que uno quiera soportar y como lo que la personalidad lo quiera templar.
-Como el amor, supongo.
Y de esta forma tan sencilla, empezamos a vivir juntos en el ático que nunca había compartido, y que de hecho, no habría compartido con otra mujer que no fuera con Rita. Ella era muy excéntrica, algo loca y con un punto de espontaneidad que chocaba con mi personalidad estable, sensata y sistemática. Lo descubrí cuando le pregunté por el origen de su nombre:
-Verás, mi amor, yo me llamo Rita porque mis padres tenían un cine en Buenos Aires en que proyectaban películas clásicas de los años cuarenta. Dio la casualidad de que Rita Hayworth y Orson Welles hicieron una visita a la ciudad, y, mis padres, que eran tan aficionados al cine, hicieron todo lo posible para que fueran a su cine. Mi madre quedó impresionada por la belleza y el carácter luchador de Rita Hayworth, así que al día siguiente, cuando se enteró de que se había quedado embarazada, decidió que la niña se llamaría Rita, es decir, yo.
-Perdona que te diga mi opinión, pero eso me parece una insensatez y demuestra una verdadera falta de personalidad. ¿Acaso hizo Rita Hayworth algo especial para que tu madre decidiera ponerte su nombre en su honor?
-Mi querido amor, no podés ser tan racional. Un nombre es sólo un nombre. A veces sós demasiado aburrido.
-¿O sea que es aburrido el hombre que no quiera ponerle a su hijo el nombre de un torero, por ejemplo, porque le pareció valiente y muy simpático tras haberlo conocido en una cena en que apenas se cruzaron palabras salvo las de compromiso?
Y entonces Rita divagaba con cuestiones tales como hacer locuras, decir insensateces y vivir día a día como si no importara el mañana. Era muy soñadora. Eso me sacaba de quicio. Demasiado utópica en mi opinión pero también muy pasional, aspecto éste que compensaba todas sus ideas de niña que no había superado el complejo de Peter Pan:
-¿Y vos a qué aspirás en la vida?¿a vivir el resto de tus años hasta viejito en ese cuarto lleno de libros llenos de polvo que vos llamás “despacho” defendiendo a personas que pleitean por unos metros cuadrados?
-Algunos consideran que es un buen trabajo y además, me pagan bien por ello. Y esos metros cuadrados son los que mueven el mundo, es la propiedad privada y el respeto por los derechos de los demás, algo que incluso a las actrices de teatro les puede afectar.
-Demasiado materialista y corriente, mi cielo. Vos podrías dedicarte a otras muchas cosas que llenarían tu vida espiritualmente.
-Para éso ya te tengo a ti.
-Pero es que la vida es cambiante. Yo quisiera llegar mucho más alto. Aspiro a conseguir un papel principal en una obra de éxito y a que sea reconocida la calidad artística que llevo en la sangre. Todo llegará, lo sé porque lucho por ello, y vos deberías hacer lo mismo.
-Yo prefiero haber salido del País de Nunca Jamás.
-¡Oh, cómo podés ser tan grosero e insensible! A veces me pregunto por qué vivimos juntos.
-Pues yo nunca me lo pregunto, mi argentina preferida. Viviría contigo para siempre, aunque todavía tengas ideas de niña mimada.
  Y así, entre discusiones bizantinas y arrumacos, transcurrían los días y los meses sin darnos cuenta de que el tiempo no concedía tregua. Nunca supe por qué la quise ni por qué sus defectos me resultaban superfluos. A veces pienso que quizá fuera su fuerza vital la que me llevaba una y otra vez a sus brazos:
-Pero, ¿se puede saber por qué sós tan triste y apagado?
-Estoy cansado, Rita. He tenido que madrugar y trabajar todo el día para defender a un cliente que no me ayuda en absoluto. He tenido que “pelearme” con el fiscal en el Juzgado por cuestiones que eran “de cajón”, hasta que al final “dio su brazo a torcer”. Y además, no he comido en todo el día y sufrí un atasco en la Castellana a hora punta que me puso de los nervios.
-Pero si son cosas triviales. ¿Qué importará eso mañana cuando salga el sol y vos estés de buen humor tras un desayuno de los míos que yo preparo con tanto cariño?
Sin embargo, un día, hoy hace un año, Rita llegó del teatro con una sonrisa de oreja a oreja dándome la noticia de que le habían dado un papel como actriz principal en una obra que se representaría en Broadway durante seis meses prorrogables dependiendo de la recaudación:
-Me voy, ya lo tengo decidido. No podés imaginar lo alegre que estoy por ver mi sueño cumplido. Ahora por fin voy a ser lo que siempre deseé y todo el mundo me conocerá como la nueva Rita, sucesora de Rita Hayworth.
-Me alegro por ti, mi reina, pero deberías tener los pies en la tierra por si acaso, aunque yo sé que tú triunfarás porque eres un diamante en bruto.
Al cabo de un rato, volvió con el billete de avión, hizo las maletas y me dio un beso. Cuando abrió la puerta para irse, sólo me dijo un “hasta pronto, mi amor, te llamaré”. Y así fue. Minutos después oí la llave. Pensé que volvía para darme la sorpresa de que había comprado dos billetes como una burda broma, o que en el preciso instante en que cerró la puerta había decidido sacrificar sus sueños por nuestro amor quedándose en el ático para siempre, pero no fue así:
-¡Hola de nuevo! Olvidé el pasaporte.
Ya lo podés anotar en la lista de los despistes de Rita. Ya me conocés.
-Sí, lo apuntaré en la lista, por desgracia.
-¡Oh!¡Pero qué rostro tan amargo! No es el fin del mundo. Sólo fue un simple despiste…Un último beso, mi amor. Adiós. Tengo prisa, no quisiera perder el avión.
Y de esta forma, hoy hace un año que Rita se fue para siempre. Ella era muy despistada, quizá por eso olvidó decirme que me quería. Yo también lo soy, puede que sea por eso por lo que perdí a Rita, como cuando esta mañana perdí mi cartera en la cafetería. Un simple despiste.

viernes, 22 de marzo de 2013

Las cigüeñas

No puedo evitar buscarlas. Las busco cada vez que salgo de paseo. Y es que me encantan las aves, en especial las cigüeñas. Me gusta verlas surcar el cielo con sus suaves alas blancas y negras, y su pico de color rojo llevando consigo ramitas para cuidar su nido. A veces me hago ilusiones pensando que ellas lo saben, y que, con su dulce crotoreo se comunican conmigo, como si pudiéramos enviarnos señales desde cualquier lugar del mundo. Sé que no tiene sentido pero por qué no imaginar lo imposible, me digo a mi misma. Como mi vida no la puedo concebir sin la compañía de los animales, desde hace tiempo estoy convencida de que puedo de algún modo leer sus pensamientos y que ellos intuyen que me esfuerzo por entenderles y por eso creo ver en ellos signos de agradecimiento, como un bebé al  que le reconforta saber que, pese a no poder hablar todavía, su llanto será entendido por sus padres. Por eso, siempre voy preparada para captar cualquier mensaje. Algo que me diga que se encuentran bien, como la típica conversación entre vecinos. Y una vez que ellas me contestan que todo marcha con normalidad, bajo mi mirada hacia la tierra y sigo caminando con la conciencia tranquila, como si necesitara una confirmación de que no he dejado de hacer algo por ellas que debía haber hecho. Y sé que es absurdo pero yo las sigo buscando, quizá porque las necesito, aunque ellas seguramente no sepan que existo y que cada día las busco.

sábado, 9 de marzo de 2013

El disfraz de la ambición



Hoy día, la palabra "ambición" está de moda. Conozco  a personas que han optado por un camino libre de ataduras sociales y profesionales y no las veo muy apenadas, supongo que al ser fruto de su libertad, disfrutan de esa decisión pese a las desventajas que pueda tener y las renuncias a que hayan tenido que hacer frente. De entre las personas que conozco que han preferido partir hacia horizontes más difíciles de alcanzar (al menos aparentemente), con el correspondiente precio que lleva aparejado, a la mayoría las veo, a mi juicio, demasiado estresadas, aunque también dicen ser felices por sus objetivos profesionales alcanzados. De cualquier forma, lo que se trata es de elegir aquello que nos pueda permitir ser felices, supongo que es algo que todos sabemos pero que en el fondo no es tan fácil de conseguir. Y si no es posible vivir como habríamos soñado, al menos exprimir al máximo las pequeñas cosas buenas que en nuestra vida diaria tenemos, algo también conocido por todos pero del mismo modo difícil de llevar a la práctica. Y supongo que todos deberíamos respetar esas formas de vida distintas de la nuestra, con independencia de que esté o no al alcance de nuestro entendimiento. Y lo más justo sería valorar otro tipo de cualidades que hacen que una persona sea feliz "a pesar de todo" o "precisamente por todo ello". Pues ya lo decía Coco Chanel: "Hay personas ricas y personas con dinero", eliminado el disfraz del vil metal, resta la persona sin nombres ni apellidos, ésa de la que a veces pretendemos alejarnos, cometiendo grandes errores. En el juicio que solemos hacer de la vida de los demás a menudo está la influencia de la envidia o de la pura ignorancia, salvo cuando de forma objetiva abrimos bien los ojos y descubrimos unas facetas y unas cualidades personales asombrosas. Y finalmente en los gestos descubrimos la realidad.

domingo, 3 de marzo de 2013

Héroes ficticios



"Tintín soy yo mismo. Se refleja lo mejor y más brillante en mí, él es mi doble. No soy un héroe. Pero al igual que todos los niños de 15 años, soñaba con ser uno ... y nunca he dejado de soñar. Tintín ha logrado muchas cosas en mi nombre”.(Hergé) 
 

Ha pasado mucho tiempo desde que leí (o más bien devoré) los cómics de Tintín pero todavía me acuerdo de todas las aventuras del intrépido periodista convertido en detective. Anoche, viendo la  película “Las aventuras de Tintín”, codirigida por Spielgberg y Peter Jackson, pensé en la bondad de creer en los héroes ficticios hoy día. Al fin y al cabo, todos necesitamos estar convencidos de que, al igual que Tintín, con coraje, inteligencia y algo de pericia, se puede hacer frente a todo tipo de adversidades.  Que nadie nos puede amargar un estupendo día y que, aunque todo esté en contra, podemos seguir desafiando nuevos retos. Y supongo que más de uno desearía tener su propio, inseparable y leal perro Milú, el más aventurero de todos los canes. Y cómo no, encontrarse por el camino con el Capitán Haddock, cuyas frustraciones trata de obviar mediante el alcohol. Y es que Hergé, padre de la criatura, debió de estar muy satisfecho por el hijo que engendró, pues ha permanecido incólume en nuestro recuerdo a medida que los mortales hemos ido  sumando años y heridas. Dicen que Hergé pensó en Spielgberg como el único director capaz de dar vida a su hijo predilecto en la gran pantalla. No sé si le habría gustado el resultado pero a mi me ha devuelto algo que por desgracia se va perdiendo con el paso de los años: la capacidad de imaginación y, sobre todo, el idealismo, que cuando acaba la niñez se convierte de forma inevitable en  realismo. Por eso me digo a mi misma: “¡Rayos y centellas! Y pensar que después de tantos años en el fondo sigo siendo la misma…”.   

lunes, 11 de febrero de 2013

Confesiones nada incorrectas

Lo confieso, aunque sé que quienes me conocen bien, ya lo saben. Me encantan las canciones tristes. Puede resultar chocante que a una persona le guste lo triste, pero es así. Me encantan las canciones desgarradoras, amargas, de whisky y cigarrillo en mano (aunque ni bebo ni fumo). Esas canciones que me remueven las entrañas.

Ya sé que a muchas personas no les gusta que les toquen el interior, pero a mí me gusta que la música me emocione, y para ello, debe llegar a conmover esa parte tan vulnerable que protegemos en nuestra vida diaria. Y, ¿qué es lo que más conmueve? Pues el desamor, más que el amor. Con este último, flotamos en el aire, no nos damos cuenta ni de que estamos viviendo, y por ello vivimos de forma indolora, totalmente aséptica. Pero el desamor es éso que nos desvela el sueño, que nos hace ser conscientes de que vivimos y por lo mismo, sufrimos. Por esa razón, me encantan las canciones que tratan sobre los amores fallidos, no consumados, imposibles, soñados, terminados, añorados, deseados y todos los –ados que os podáis imaginar. Pero no basta con que trate la canción acerca de un desamor para que me guste. Cuando la música es arte, contiene elementos que no se pueden analizar. Siempre tiene algo, más allá de unas letras bonitas, o una voz brillante, o simplemente el precioso sonido de un violín, que perdura en el tiempo y que nos deja sin palabras. Y es entonces cuando no sé por qué me gusta tanto esa música, sólo sé que me emociona y siempre me emocionará.