Esta mañana perdí mi cartera en la cafetería, y, de repente, me acordé de Rita. Nos conocimos en una fiesta que organizó un amigo común. Ella me dijo que era actriz y que hacía un mes que se había trasladado a Madrid. Su acento argentino delataba su origen. Recuerdo la conversación de aquel momento:
-Vos tenés un rostro que me indica que escondés una gran dosis de ternura. ¿Me equivoco?
-Es la primera vez que una mujer me dice algo así.
-Muchas mujeres se callan cosas importantes, quizá por miedo a resultar demasiado atrevidas.
-¿Es usted muy atrevida?
-Tanto como merezca la ocasión. Pero decidme, ¿cómo un hombre tan sensible puede dedicarse a la abogacía, algo tan frío?
-Será porque la abogacía es algo tan frío como lo que uno quiera soportar y como lo que la personalidad lo quiera templar.
-Como el amor, supongo.
Y de esta forma tan sencilla, empezamos a vivir juntos en el ático que nunca había compartido, y que de hecho, no habría compartido con otra mujer que no fuera con Rita. Ella era muy excéntrica, algo loca y con un punto de espontaneidad que chocaba con mi personalidad estable, sensata y sistemática. Lo descubrí cuando le pregunté por el origen de su nombre:
-Verás, mi amor, yo me llamo Rita porque mis padres tenían un cine en Buenos Aires en que proyectaban películas clásicas de los años cuarenta. Dio la casualidad de que Rita Hayworth y Orson Welles hicieron una visita a la ciudad, y, mis padres, que eran tan aficionados al cine, hicieron todo lo posible para que fueran a su cine. Mi madre quedó impresionada por la belleza y el carácter luchador de Rita Hayworth, así que al día siguiente, cuando se enteró de que se había quedado embarazada, decidió que la niña se llamaría Rita, es decir, yo.
-Perdona que te diga mi opinión, pero eso me parece una insensatez y demuestra una verdadera falta de personalidad. ¿Acaso hizo Rita Hayworth algo especial para que tu madre decidiera ponerte su nombre en su honor?
-Mi querido amor, no podés ser tan racional. Un nombre es sólo un nombre. A veces sós demasiado aburrido.
-¿O sea que es aburrido el hombre que no quiera ponerle a su hijo el nombre de un torero, por ejemplo, porque le pareció valiente y muy simpático tras haberlo conocido en una cena en que apenas se cruzaron palabras salvo las de compromiso?
Y entonces Rita divagaba con cuestiones tales como hacer locuras, decir insensateces y vivir día a día como si no importara el mañana. Era muy soñadora. Eso me sacaba de quicio. Demasiado utópica en mi opinión pero también muy pasional, aspecto éste que compensaba todas sus ideas de niña que no había superado el complejo de Peter Pan:
-¿Y vos a qué aspirás en la vida?¿a vivir el resto de tus años hasta viejito en ese cuarto lleno de libros llenos de polvo que vos llamás “despacho” defendiendo a personas que pleitean por unos metros cuadrados?
-Algunos consideran que es un buen trabajo y además, me pagan bien por ello. Y esos metros cuadrados son los que mueven el mundo, es la propiedad privada y el respeto por los derechos de los demás, algo que incluso a las actrices de teatro les puede afectar.
-Demasiado materialista y corriente, mi cielo. Vos podrías dedicarte a otras muchas cosas que llenarían tu vida espiritualmente.
-Para éso ya te tengo a ti.
-Pero es que la vida es cambiante. Yo quisiera llegar mucho más alto. Aspiro a conseguir un papel principal en una obra de éxito y a que sea reconocida la calidad artística que llevo en la sangre. Todo llegará, lo sé porque lucho por ello, y vos deberías hacer lo mismo.
-Yo prefiero haber salido del País de Nunca Jamás.
-¡Oh, cómo podés ser tan grosero e insensible! A veces me pregunto por qué vivimos juntos.
-Pues yo nunca me lo pregunto, mi argentina preferida. Viviría contigo para siempre, aunque todavía tengas ideas de niña mimada.
Y así, entre discusiones bizantinas y arrumacos, transcurrían los días y los meses sin darnos cuenta de que el tiempo no concedía tregua. Nunca supe por qué la quise ni por qué sus defectos me resultaban superfluos. A veces pienso que quizá fuera su fuerza vital la que me llevaba una y otra vez a sus brazos:-Pero, ¿se puede saber por qué sós tan triste y apagado?
-Estoy cansado, Rita. He tenido que madrugar y trabajar todo el día para defender a un cliente que no me ayuda en absoluto. He tenido que “pelearme” con el fiscal en el Juzgado por cuestiones que eran “de cajón”, hasta que al final “dio su brazo a torcer”. Y además, no he comido en todo el día y sufrí un atasco en la Castellana a hora punta que me puso de los nervios.
-Pero si son cosas triviales. ¿Qué importará eso mañana cuando salga el sol y vos estés de buen humor tras un desayuno de los míos que yo preparo con tanto cariño?
Sin embargo, un día, hoy hace un año, Rita llegó del teatro con una sonrisa de oreja a oreja dándome la noticia de que le habían dado un papel como actriz principal en una obra que se representaría en Broadway durante seis meses prorrogables dependiendo de la recaudación:
-Me voy, ya lo tengo decidido. No podés imaginar lo alegre que estoy por ver mi sueño cumplido. Ahora por fin voy a ser lo que siempre deseé y todo el mundo me conocerá como la nueva Rita, sucesora de Rita Hayworth.
-Me alegro por ti, mi reina, pero deberías tener los pies en la tierra por si acaso, aunque yo sé que tú triunfarás porque eres un diamante en bruto.
Al cabo de un rato, volvió con el billete de avión, hizo las maletas y me dio un beso. Cuando abrió la puerta para irse, sólo me dijo un “hasta pronto, mi amor, te llamaré”. Y así fue. Minutos después oí la llave. Pensé que volvía para darme la sorpresa de que había comprado dos billetes como una burda broma, o que en el preciso instante en que cerró la puerta había decidido sacrificar sus sueños por nuestro amor quedándose en el ático para siempre, pero no fue así:
-¡Hola de nuevo! Olvidé el pasaporte.
Ya lo podés anotar en la lista de los despistes de Rita. Ya me conocés.
-Sí, lo apuntaré en la lista, por desgracia.
-¡Oh!¡Pero qué rostro tan amargo! No es el fin del mundo. Sólo fue un simple despiste…Un último beso, mi amor. Adiós. Tengo prisa, no quisiera perder el avión.
Y de esta forma, hoy hace un año que Rita se fue para siempre. Ella era muy despistada, quizá por eso olvidó decirme que me quería. Yo también lo soy, puede que sea por eso por lo que perdí a Rita, como cuando esta mañana perdí mi cartera en la cafetería. Un simple despiste.

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