lunes, 11 de febrero de 2013

Confesiones nada incorrectas

Lo confieso, aunque sé que quienes me conocen bien, ya lo saben. Me encantan las canciones tristes. Puede resultar chocante que a una persona le guste lo triste, pero es así. Me encantan las canciones desgarradoras, amargas, de whisky y cigarrillo en mano (aunque ni bebo ni fumo). Esas canciones que me remueven las entrañas.

Ya sé que a muchas personas no les gusta que les toquen el interior, pero a mí me gusta que la música me emocione, y para ello, debe llegar a conmover esa parte tan vulnerable que protegemos en nuestra vida diaria. Y, ¿qué es lo que más conmueve? Pues el desamor, más que el amor. Con este último, flotamos en el aire, no nos damos cuenta ni de que estamos viviendo, y por ello vivimos de forma indolora, totalmente aséptica. Pero el desamor es éso que nos desvela el sueño, que nos hace ser conscientes de que vivimos y por lo mismo, sufrimos. Por esa razón, me encantan las canciones que tratan sobre los amores fallidos, no consumados, imposibles, soñados, terminados, añorados, deseados y todos los –ados que os podáis imaginar. Pero no basta con que trate la canción acerca de un desamor para que me guste. Cuando la música es arte, contiene elementos que no se pueden analizar. Siempre tiene algo, más allá de unas letras bonitas, o una voz brillante, o simplemente el precioso sonido de un violín, que perdura en el tiempo y que nos deja sin palabras. Y es entonces cuando no sé por qué me gusta tanto esa música, sólo sé que me emociona y siempre me emocionará.